Moro, el Santo de los políticos

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Por: Jaime García Chávez.

Chihuahua, Chih., 16 de abril del 2018.- La primera noticia sobre Tomás Moro la tuve en mis remotos tiempos de juventud. Era el auto de “Utopía” y, obviamente, un precursor del socialismo que en su vertiente marxista terminó por sobreponerse a todo. Después me enteré que fue canonizado por la iglesia católica en 1935, tiempos del fascismo, y que hasta los anglicanos le dan ese rango y reconocen su martirologio, a pesar de que se mantuvo, en los tiempos de la Reforma luterana, del lado del catolicismo. No tengo, salvo por realizar un recordatorio, porque reconocer lo obvio: Moro es uno de los grandes de la humanidad y su más pesada cruz, que carga hasta ahora, es la reputación que alcanzó como el santo de los políticos. Santo al que casi nadie le prende veladoras.

Hace unos días fui a la librería San Ignacio de Loyola, en busca de una biografía novelada de Pablo Tarso (no viene al caso dar noticia bibliográfica) para reemplazar el ejemplar que tengo y está en muy malas condiciones. Mi búsqueda fracasó, pero en la estantería encontré un libro del Moro bajo el título de “La agonía de Cristo”, breve, buena prosa y traducción y su contenido cargado de las reflexiones obvias que sugiere el título. Pensé en la dura prueba que pasa hoy Siria, territorio donde las grandes potencias hacen la guerra, masacrando y atormentando a un pueblo milenario que quizá no sepa los por qué de esa barbarie. Francia, Inglaterra, Estados Unidos y Rusia enconan sus diferencias y exportan la guerra. Es una historia que se ha repetido a lo largo de las últimas décadas. Que corra la sangre, pero no en las tierras de los señores de la guerra. Todos los jefes de estado de los países intervencionistas son cristianos, conservadores, sin escrúpulos y, obviamente, se olvidan que hay un santo de la política, un mártir que prefirió la congruencia a los privilegios y que siendo canciller de Inglaterra no se doblegó ante su rey Enrique VIII. Antes prefirió ser decapitado, para nunca perder su cabeza.

La vida ejemplar de Tomás Moro ha merecido no pocas biografías. Las hay breves y también monumentales, como la que escribió el español Andrés Vázquez de Prada. Es literatura a la que entran muy pocos y casi ningún político, menos los que viven los meses y los años en búsqueda de un trozo de poder y muchas dietas.

Hablo de políticos esencialmente utilitaristas, que se suben a los hombros de otros para escalar y aplastarlos, no creen en la dignidad, en lo que no tiene precio. Viven en una especie de esquizofrenia: en el ceremonial se dicen profundamente religiosos, se confiesan, rezan el rosario, no faltan a misa y comulgan; pero, afuera, impostan la voz sedientos de votos o puestos a los que se accede por un camino terso de la partidocracia que conduce a cargos públicos, escaños y burocracia.

Algunos desconocen a su santo: el cardenal Mazarino, que no es su patrono pero que fue un hombre fuerte en la Francia absolutista y que es, precisamente, la figura de época que más contrastaría con la tradición a la que se adscribe el inglés. Se ha publicado una obra de Mazarino bajo el título “Breviario de los políticos”. En ella se pueden leer reflexiones que rayan en el cinismo extremo y que sin haber leído los políticos, las practican y superan con creces. Va un par de ejemplos del cardenal:

“En una reunión, plantea a los presentes algunas situaciones delicadas y pregúntales cómo creen que se puede salir airosamente de ellas; por las respuestas de cada uno se verá claramente su inteligencia y habilidad, plantéales también cómo se puede engañar a tal o cual tipo de persona”. Ese es uno, va el otro: “Si apuestas con uno que un asunto va a tener éxito, apuesta con algún otro que va a ser un fracaso, y así no perderás nada”.

En síntesis: simula, simula y disimula.

Como colofón, digo: ahora los curas dan lecciones de política en el ágora pública y el discipulado anda implorando el voto al grito de: “paletas, paletas, paletas, pásele a las paletas”.

Estoy convencido de que a los políticos no hay santo que los salve, en parte porque no profeso esas creencias –soy ateo contumaz–, pero no por eso descreo de gigantes de la estatura de Tomás Moro.

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