Pueblo Viejo; la historia de terror que Astudillo quiso ocultar

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Por: Bernardo Torres Morales.

Pueblo Viejo, Guerrero, 1 de septiembre del 2017.- Luego de una serie de ataques armados sólo han quedado de cien de más de mil habitantes, esta es la historia de una familia que sobrevivió tres días encerrados en una pila de agua, es el rostro del desplazamiento forzado que habitantes de Pueblo Viejo en el Estado de Guerrero vivieron los días 24, 25 y 26 de agosto, tres días que fueron un infierno.

El poblado de Pueblo Viejo, municipio de Heliodoro Castillo se encuentra localizado en el corazón de la Sierra de Guerrero, donde hombres fuertemente armados mantuvieron un asedio a la comunidad, día y noche, hechos que fueron minimizados por el gobierno de Héctor Astudillo Flores.

Eran las 5:30 de la tarde del jueves, cuando la tranquilidad de muchos fue interrumpida por ráfagas de AK-47, AR-15, desde los bordos tupidos de árboles, las balas perforaron los techos de lámina de por lo menos una docena de viviendas, incluido el techado de la cancha.
No se sabe de donde eran, quienes eran, pero su objetivo eran un grupo de siete personas que hace algunos meses habían llegado a la comunidad, y tenían en su poder dos casas a unos metros de la cancha y de la Iglesia.

“Nunca había pasado algo así, y cuando escuchábamos que pasaban estas cosas en otros pueblos, no creímos que un día nos fuera a tocar”, relata la señora Paulina Ávila Romero, quien vivió esta pesadilla en compañía de sus cuatro hijos, de un total de 13 que tuvo, además de sus tres nueras y algunos de sus nietos.

Si no eran las balas, pudo haber sido la diabetes o su presión arterial, que pudieron quitarle la vida, tres días debajo la cama, sobre el piso frío, sin poder siquiera salir a comprar alimentos, pararse por un vaso de agua o atender la crisis de parkinson de su esposo. Ahora tratan de sobreponerse con un té de prodigiosa, a falta de medicinas

Las balas disparadas, los enfrentamientos, las horas que transcurrieron, no se pueden contar, las fachadas de las casas de la calle principal, que conecta la cancha con la iglesia, da muestra de la magnitud del enfrentamiento, en puertas y ventanas quedó el registro del ataque.

La versión que dio de los hechos el gobernador del Estado, Héctor Astudillo Flores, de que el viernes acudió un helicóptero de la Secretaría de Seguridad Pública y no detectó nada fuera de lo normal, desata una ola de reproches, por parte de un grupo de mujeres reunidas en la cancha principal.

“Hubiera venido él mismo a ver”, “cómo nos iba ver, si estábamos debajo de las camas”, “Pero que cosa iba ver desde arriba, si los maleantes estaban escondidos en el cerro”, es la reacción a la burda versión que ofrecieron las autoridades para minimizar los hechos. Incluso señalan, que la mañana que sobrevoló el helicóptero estaba bien fuerte la balacera.

Fue hasta la noche del sábado, que arribaron los elementos del Ejército Mexicano y de la Policía del Estado, a la localidad, que pudieron salir de sus escondites, y que los dos grupos que se enfrentaban se replegaron, probablemente al cerro, o a otros pueblos.

De los muertos, cuatro presuntamente, ninguno es de la comunidad, tampoco de los heridos, y se desconoce hacia donde se los llevaron, doña Oliva Casimiro Dimas, cree que puede haber más personas muertas, pues en los alrededores se observan manchas de zopilotes “algo deben estar comiendo y no creo que sean animales”.

Luego de estos acontecimientos huyen más de mil pobladores

En contraste con lo informado por el vocero del Grupo de Coordinación Guerrero, Roberto Álvarez Heredia, quien dijo que era mínimo el desplazamiento de familias a raíz del enfrentamiento, en la comunidad apenas se encontraron 100 habitantes, de mil 500 que había hasta el domingo.
Inmediatamente que cesaron las balaceras, quienes tenían vehículos, cargaron algunas cosas y se fueron en busca de lugares seguros. El éxodo ha seguido durante toda la semana, dejando en la localidad a un grupo de apenas 100 personas, que no tienen los medios necesarios, ni un sitio a donde ir.

Doña Roberta Dimas Pani, tiene siete hijos, y se los quiere llevar a otro lugar para que estudien, pues en Pueblo Viejo, no hay clases, los maestros de prescolar, primaria, secundaria y telebachillerato, fueron los primeros que se fueron y no están dispuestos a regresar hasta que se restablezca la seguridad.

No se sabe con exactitud hacia donde se fueron las familias, unas tomaron el camino rumbo a Campo Morado, otros a Tlacotepec, a Chilpancingo y hacia la Costa Grande. La última familia que huyó, se fueron montados en sus caballos.

Las opciones se están acabando, y la crisis se agudiza. Las enfermedades respiratorias se están incrementando, sobre todo en los niños, y no hay médicos ni medicinas, lo poco que trajo el Ejército es para adultos.

Los víveres escasean, las dos tienditas, están casi vacías, durante toda la semana ningún camión repartidor ha subido, tampoco han llegado despensas por parte de ninguna autoridad.
El suministro eléctrico fue cortado desde el viernes, cuando estaban en su punto máximo los enfrentamientos, cerca del pueblo, fue derribado un árbol sobre los cables de luz, que también tiró un poste, y requieren con urgencia la presencia de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

“Nos sentimos abandonados y tristes, queremos que se quede el Ejército de manera permanente, que se restablezca la seguridad, nuestro pueblo, es todo lo que tenemos, no tenemos a donde ir”, son las palabras de una mujer de más de 70 años de edad quien ha pasado toda su vida en esta localidad.

Cada vez que escuchan encender los motores de los carros de los militares, se asoman para ver si no se van, pues de ser así, también tendrían que irse, ante el temor de que se repitan las dolorosas escenas de hace ocho días.

“Aunque sea tortillas les voy a dar, pero quédense”, suplican a las fuerzas de seguridad, están dispuestos a sobrevivir con lo que naturaleza les dé, maíz y frijol, no les faltan, otras veces la cacería les ayuda, aunque no en este momento en que no pueden salir ni al campo.

En medio de la desolación, en total abandono, los 100 habitantes que quedan ponen las esperanzas en que lo documentado llegue a oídos de las autoridades de los tres niveles de gobierno y atiendan la emergencia, mientras los niños, quienes si pueden sonreír, despiden moviendo las manos a los visitantes.

 

 

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